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Museo de la mina de Arnao

Un viaje a la cuna del carbón

Los hombres que vencieron al fuego

Una mina de historia. Las crónicas de Arnao.

LA MINA DE ARNAO RECUERDA EL 200 ANIVERSARIO DE LA LÁMPARA MINERA DE SEGURIDAD

Guillermo Laine Iván Muñiz (Museo de la Mina de Arnao) Un olor pestilente que inunda la galería, empalagoso como el de las aguas quietas de un pantano, un olor que anuncia la próxima explosión de gas inflamable o grisú. Entre las sombras se arrastra un hombre vestido con ropas de cuero o saco, empapadas en agua, que recuerdan a una túnica religiosa y protegen su cuerpo. Un capuchón completa la estrafalaria e inquietante vestimenta. Lleva en sus manos una larga pértiga con una llama en su extremo y respira con dificultades apurando las últimas bolsas de oxígeno que el mortífero gas ha respetado a la altura del suelo. Sin duda conoce su oficio. Como todo minero veterano sabe, las bolsas de grisú tienden a concentrarse en las zonas más elevadas de las galerías. Es posible que no haya existido en la historia de la minería una figura más romántica y novelesca que el penitente de minas, el responsable de provocar la deflagración del hidrógeno protocarbonado, el tan temido grisú o “mofeta”, como se le llamaba en España, arrimando al foco donde se ha detectado su presencia la tea encendida. Tanto es así que el mismísimo Julio Verne imaginó a Silfax, el tenebroso villano de su obra Las indias negras, como uno de aquellos penitentes que poblaban las minas de antaño. Un oficio heroico, habitualmente letal y también desesperado, puesto que en Francia podían escogerse condenados a muerte para desempeñarlo. Así estaban las cosas en las salvajes explotaciones de carbón a inicios del siglo XIX, cuando los métodos de iluminación no habían evolucionado mucho desde los tiempos de las lucernas romanas. Métodos lumínicos de llama abierta y desprotegida que oscilaba con las corrientes de aire y que iban desde una simple vela a teas impregnadas con resina de pino o candiles de variopinto diseño alimentados con aceites no menos nauseabundos que el propio gas. Bastaba el contacto entre uno de estos candiles encendidos y una bolsa de grisú para que se originase una terrible explosión que provocaba la muerte de numerosos trabajadores y espeluznantes quemaduras. Si la onda expansiva hacía levantarse una humareda de polvillo o menudo de carbón, entonces esa nube oscura podía inflamarse y el fuego se extendía por todas las galerías como si fuese una enorme e incontrolable oleada de llamas. En un escrito del año 1879, por ejemplo, se detalla la explosión de grisú en una mina, sucedida por otras dos que despedazaron la jaula y provocaron una “espantosa columna de humo y polvo de carbón”. En aquellos momentos, sigue nuestro cronista, se encontraban presentes en la mina dos ingenieros, cuatro capataces, diez y siete operarios y por supuesto, dos penitentes. Únicamente la intervención del penitente separaba a los mineros de un accidente funesto. Antes de su oportuna llegada, la detección del gas dependía del agudo trino de un canario, quién era capaz de percibir la repentina falta de oxígeno y se hiperventilaba y movía alocadamente alertando con ello a los trabajadores del tajo. Esta situación comenzó a cambiar a partir del año 1815 gracias a un descubrimiento fundamental en la historia de la minería cuyo doscientos aniversario quiere recordar el Museo de la Mina de Arnao; la lámpara de seguridad. A la lámpara de seguridad y a su inventor, Davy, deben la vida muchos mineros asturianos y el investigador Alberto Vilela, especialista en los sistemas de iluminación, ha dedicado fecundas páginas a estudiar su empleo. Davy, preocupado por los constantes accidentes y a raíz de una carta enviada por el reverendo doctor Gray, inició una serie de experimentos con los que trataba de conseguir un método más seguro. Hubo tentativas fallidas y frustrantes que lo condujeron en último lugar a una solución tan sencilla como eficaz; cubrir la lámpara con una tela compuesta por alambres de hierro que resguardaba la llama de cualquier atmósfera exterior. Pero la paternidad de este milagroso invento está dividida. En Newcastle y en aquel mismo año, George Stephenson fabricaba un modelo semejante con la ayuda de un hojalatero y se atrevía a probarlo personalmente introduciéndose en una galería abandonada a causa de la concentración de gas. Stephenson sería galardonado por su hazaña en 1818. Por el enorme mérito de sus esfuerzos, que señalarían una nueva época en la minería carbonífera, bien merecen ambos compartir el reconocimiento. La lámpara de seguridad iba a extenderse de mina en mina, pero con ritmos de adaptación muy desiguales y determinados en ocasiones por las circunstancias de cada explotación. En la mina de Arnao, que tantos y tantos sistemas pioneros introdujo en Asturias, no hay de momento constancia segura de su uso. Desde el año 1833 en que un joven Armand Nagel compra los primeros candiles, los útiles de llama abierta serán predominantes. En 1847, Lasala los describirá como candiles de chapa de hierro fabricados en Bélgica y “en todo iguales” a los utilizados en Almadén. Sobre la insoportable hediondez que desprendían los aceites empleados como combustible –de ballena o “saín” primero, de linaza más tarde- dieron fe los mineros de Arnao. El capataz se responsabilizaba del aceite, que se almacenaba en una vasija y se reponía de acuerdo con las 10 o 12 horas de la jornada. La ausencia de lámparas de seguridad en Arnao pudo deberse a la falta de noticias sobre detecciones de grisú u otros gases inflamables y a ello se refiere Lasala en su mencionado informe. No obstante, nuestra explotación no logró permanecer a salvo de virulentos incendios. La mezcla del polvo de carbón, que en una primera época se dejaba en el suelo de las galerías, con el oxígeno y el azufre que contiene el mineral de Arnao, provocaba tremendas deflagraciones. El ingeniero Desoignie, de hecho, considerará este fenómeno como el gran problema de las labores, la verdadera “espada de Damocles”. Hacia 1903, un incendio mencionado por Luis Morote llega a ser tan catastrófico que obliga a inundar la mina con agua. Y Morote se imagina una infernal escena con los mineros quemados o asfixiados en sus tajos. El invento de Davy y Stephenson, los hombres que vencieron al fuego, consiguió lo que en aquella situación de Arnao acaso no fue posible evitar y que caracteriza a algunos de los hallazgos más importantes de la Historia: preservar vidas. Y a nuestra inmortal tradición aportó una estampa clásica; la del minero acarreando la lámpara de seguridad con su inconfundible forma cilíndrica.
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Primitiva Lampara de seguridad de Davy y su evolución
 

fuego_3 Mineros Posteando. La lámpara de seguridad colgada en el cuadro y lámpara eléctrica de Bateria al Hombro

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